Solamente en Montevideo hay 39 clubes afiliados a la FUBB, representando 31 barrios de la capital, exactamente la mitad de los que hay en el departamento; esto demuestra el alcance que tienen (o deberían tener) los clubes sociales de básquet en las diferentes zonas de la ciudad. Claro está que existen matices en cuanto al nivel de infraestructura, economía, relevancia y número de socios entre unos y otros. También varían los métodos de trabajo, el alcance que tienen con los vecinos, las instalaciones, los recursos y objetivos dependiendo de los anteriores componentes. Pero mal o bien cada uno de los que trabajan día a día para que su club siga funcionando más allá de los inconvenientes o errores que puedan surgir, lo hace con el fin de verlo cada vez mejor y con más gente vinculada.
Para que un jugador de básquetbol crezca con estabilidad y confianza, además del talento y las capacidades que tenga cada uno, se lo debe rodear de componentes que lo fortifiquen como tal. Quizás en algunos de los centros deportivos más grandes del país se enfocan específicamente en la técnica y el entrenamiento dentro del rectángulo de juego, restándole importancia a la persona que hay detrás. Luego estos déficits se ven reflejados en comportamientos, mala toma de decisiones e inseguridad (más aun tratándose de adolescentes y jugadores en desarrollo). Por eso se debe trabajar en el vínculo jugadores-club, para que haya una tranquilidad y compromiso de ambas partes, que se puedan sentir como en casa, con personas (ya sea dirigentes, padres o allegados) que guíen y respalden el crecimiento de los jugadores.
Sin duda este tema da para un análisis mucho más amplio. ¿Cómo debe ayudar el estado en el mantenimiento de los clubes más necesitados? ¿Qué tipo de recursos es necesario para que funcionen con regularidad? La cantidad de horas que dispone un club para que sus jugadores concurran también es muy importante, así como otros infinitos detalles que requerirán de muchas horas de charla.
El esfuerzo, los sacrificios de dirigentes e hinchas, las horas invertidas en cubrir una gotera o simplemente compartir anécdotas en la cantina. Los cancheros, las cobradoras y un sinfín de gurices que van a divertirse al club “de ahí a la vuelta”, engloban y adornan la magia por la que late un barrio entero. Religión para algunos, y parte de la cultura para otros, de donde surgen los mejores y donde se juntan los amigos. Es tan importante el club social en este deporte, que hasta en algunas ocasiones pasa desapercibido.
Lo expresado en esta columna no es necesariamente compartido por esta página. Quien la escribió se hace plenamente responsable de las opiniones y los hechos expuestos.




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